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Giraba Leonardo sobre sí mismo intentado encontrar en el horizonte, lejano, un lugar que resultara más reconfortante que los demás. Pero aquella búsqueda, a primera vista imposible, permitía que aquella desesperación, ya conocida e inherente en su ser, se filtrara a través de grietas. Sin vacilación, directamente hacia su corazón, que había intentado incesantemente a lo largo de su vida proteger. Todo dejaba de tener ese sentido confuso que siempre había encontrado en la espiral de su razón, en el remolino de sensaciones, de fómrulas y conclusiones que veía en toda acción vanal y cotidiana. En este lugar, y en este momento, su cuerpo, sus ideas y su corazón poseían igual importancia, quizás menos, que cada uno de los millones de diminutos e insignificantes granos de arena que formaban ese recóndito lugar en el que se encontraba. Un silencio atronador se apoderaba de su mente, y era incapaz de controlar aquella sensación. Cerró los ojos, y solamente vió mar; sus insinuantes movimientos, que se acercaban, en forma de olas, para rozar sus pies desnudos, arrancar una tenue sonrisa de sus labios, y volver después a toda su inmensidad. Nunca había idolatrado el mar, y en aquel momento solamente lo veía a él. Pensó en su Madre, y respiró varias veces llenando su estómago de aire, pero aquello no sofocó su desesperación. Abrió de nuevo los ojos y vio el mar. Aunque éste era algo distinto al que se había materializado en su cerebro instantes antes. Las olas eran gigantes, y se mantenían en el mismo lugar durante cierto tiempo, hasta que un soplo de aire lo suficientemente poderoso las deformaba, para formar otra ola de igual magnificiencia en otro lugar. (“Moriré aquí”). No podía creerlo. Y así, sin creerlo y sin tener razones, razones que siempre había buscando se vio andando, en su sin razón arrastrándose a través del basto e infinito mar que le rodeaba, y que le devolvía al sitio de donde había sugido: la nada, la oscuridad.
Al igual que toda persona moribunda, o con la certeza de que ha llegado su final, recordaba todas esas cosas, que, aunque sin importancia, te han hecho la persona más feliz del mundo. Recordaba a su hermano mayor, las zancadillas que éste le hacía por el pasillo de la casa de sus padres, y cómo se tiraba al suelo, para al menos sentir que él había sido el que había tomado la decisión de estar ahí abajo. Recordaba las partidas de ajedrez con su padre por las tardes, y lo realizado que se había sentido al ganar por primera vez. Cómo sus padres leían, sentados en su sofá, y cómo él les imitó una vez, y como sin quererlo se había sumergido en páginas de historia, dragones, villanos, damas y caballeros, al igual que de ciencia, cine y música. Cosas que sin ellos no habría hecho jamás, y que ya no volvería a hacer. Recordaba a su hermano pequeño, y su interés e inteligencia cuando le había mirado a los ojos, cuando le explicaba algo, o simplemente le ayudaba a hacer alguna tarea, aunque rara vez necesitaba su ayuda. Y recordaba cómo, en ese caos que predominaba en aquella casa, él había crecido, había aprendido, había compartido, había vivido. Y así, sin creerlo, y sin tener razones, razones que siempre había buscado, se vio andando, en su sin razón, y sin razón alguna llegó a la conclusión de que no encontraría meta alguna en aquel lugar, en aquel tiempo. Y de esta manera se dejó caer sobre la arena ardiente, esperando que llegara el final (“Mi final”).
Como agnóstico practicante, pensó en el paraíso, en lo maravilloso que sería que estuviera allí, y si se sentiría algo mejor pensando que nada terminaba. Un soplo de viento pensó que era un buen momento para mostrar su grandiosa fuerza, e hizo uso de todo su pode, llevando olas de aquí para allá. Leonardo cerró los ojos, y pensó que, ciertamente, este mar también tenía algo de olor a sal. Cuando volvió a abrir los ojos, allí tumbado, su cuerpo yacía completamente cubierto de aquella pequeña e insignificante arena que hacía un momento hubiera sido su tumba.
Delante de él, a unas pocas decenas de metros de distancia, contempló el mar. Aunque esté era algo distinto al que se encontraba tras de él, y también algo distinto al que había materializado su cerebro minutos antes, horas antes. Un mar de flores se extendía ante él. Cientos de colores viejos y nuevos se fundían para crear nuevos colores a sus ojos, distintos de todos los anteriores. Volvió a pensar en el edén, y pensó que si es que existía, debía de ser parecido a lo que veía en aquel momento. Se adentró en aquel pequeño paraíso, rozó cada una de las flores con las palmas de las manos, con delicadeza, sonrío, gritó, saltó, se baño en un grandioso oasis, cuya agua parecia salida de algún mar afrodisiaco, comió fruta de árboles desconocidos para él, dulce como el algodón de azucar de las ferias que recordaba, agarrado de las manos de su padre y de su madre. Sonrío y vio que detrás de todo aquello, existía mundo tal como él lo conocía, en la lejanía. Por un momento, pensó, (“Me merezco estar aquí, quiero estar aquí, deseo estar aquí”). Y se quedó allí tumbado, sin fórmulas, sin razones, sin conclusión.
Sólo una sonrisa en sus labios y aire en sus pulmones
Genesis

esto lo has escrito tu?? eres un crack!!!